19 -S Día de la Solidaridad



La semana pasada inició, con el terremoto, una tragedia que no terminará, sino hasta que cada persona sin hogar haya encontrado uno nuevo; hasta que los que se quedaron sin empleo obtengan otra fuente de ingresos, y hasta que el alma de los que perdieron a un ser amado, halle consuelo.


Pero esta tragedia, dentro de su enorme tristeza y dolor, revivió la esperanza en muchos de los corazones de los mexicanos. Hace tiempo que no teníamos motivos para sentirnos orgullosos de nosotros mismos. Oyendo a diario noticias de corrupción, delitos y crímenes parecería que nos habíamos convertido en algo muy distinto de aquellos que éramos motivo de fiesta y amistad cuando nos encontrábamos en cualquier otro país del mundo.


Decir en voz alta, soy mexicano, era más un acto de valentía que una declaración.


Y de pronto, la tierra se sacude para liberarnos del letargo, para recordarnos quiénes somos en realidad, para gritarle al mundo que nuestro pueblo, ese del que tanto se han burlado en otras naciones, está hecho de mucho más que de carne y hueso, mucho más que de dichos y dobles sentidos, de memes y albures, de mañas o malas prácticas. Los mexicanos están constituidos del mejor material humano que pueda existir, de solidaridad, de compasión, de empatía, de amor, de necesidad de proteger y de ayudar.


El 19 de Septiembre pasado se sintió dentro de los mexicanos y entre ellos mismos, un halo divino. Una hermandad, un de lazo de sangre, una fraternidad que pocas veces se tiene oportunidad de vivir. Se pudieron presenciar escenas que conmovieron hasta las lágrimas. Maestras que afuera de los edificios derrumbados pusieron a cantar a los niños que no entendían qué estaba pasado, ni por qué la mitad de sus compañeritos del salón no salían de los escombros. Discapacitados que desde sillas de ruedas recogían los añicos; hombres y mujeres incluso mayores de setenta años y hasta niños pequeños formando vallas humanas para transportar piedras, cubetas, varillas, para repartir agua, alimento, cobijo. Hubo indígenas intercambiando sus piezas de artesanía por alimentos para repartirlos entre los necesitados. Psicólogos ofreciendo terapia a los damnificados, otros dirigiendo el tráfico y los que solo contaban con sus manos, dando masajes a los topos que se mostraban agotados. Una mujer que con megáfono en mano le gritaba palabras de consuelo y de ánimo a su hermano, diciéndole que no se preocupara por los demás, que no se moverían de ahí hasta tenerlo con ellos, conmovió a propios y extraños.


Más de un millón doscientos mil mexicanos volcados en las calles sin pensar en ellos mismos. Miles de éstos vestidos con chalecos y cascos fosforescentes, armados con picos y palas, protegiendo su vida con un cubre bocas y si acaso, unos guantes.


Los jóvenes dieron muestra no solo de su energía y valentía, sino de su capacidad de compromiso y entrega. Junto con los edificios derrumbados, se cayó también la mala fama que se le había adjudicado a los millennials.


Todas las generaciones unidas, de todos los niveles sociales, de cualquier parte geográfica, no solo de la República Mexicana sino de cualquier parte del mundo. Todos unidos con el mismo propósito, sincronizados como en una coreografía, para pedir agua, silencio, medicinas o herramientas.


También ha habido hechos y acciones equivocadas, personas aprovechadas, maliciosas y otros miles a quienes les ha resultado más fácil criticar, que ayudar. Por eso decía en mis redes hace unos días que mientras unos recogían piedras, había otros que las tiraban. Pero de eso no quiero escribir ahora porque mi corazón, como el de la mayoría, necesita quedarse solo con las cosas buenas.


Observar a los rescatistas quitarse el casco y entonar el himno mexicano en reverencia ante un cuerpo sin vida entre la devastación, es una de las escenas más elegantes que ha encarnado un alma humana.


graciela.rios@assesor.com.mx

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