RESPONSABILIDAD SOCIAL ANTE EL DESEMPLEO

October 3, 2017

Hace unas semanas un joven que apenas cumplía tres meses de casado, se suicidó colgándose dentro de un clóset en casa de sus padres. Al parecer, los motivos que lo orillaron estaban relacionados con problemas económicos. Mismos que en algunos hogares han propiciado el incremento en los índices de violencia familiar, los que han orillado a otros, que no tenían antecedentes penales o violentos, a cometer robos, abusos o asaltos.

Hace muy poco una mujer fue atacada por un ladrón que al arrebatarle el bolso le cercenó un dedo y ni cuenta se dio de ello. En una entrevista escuché a la hija de la víctima clamando justicia. Su voz estaba llena de susto, de rabia y  de dolor. Al final comentó que dejaba en la conciencia del ladrón lo que había hecho.

 

–Cómo es posible–, dijo, –que cometa un acto así, habiendo tantos coches por lavar–.

Es cierto, en la ciudad hay muchos carros que lavar, pero también es cierto que la respuesta casi automática que alguien emite cuando le preguntan si le lavan su automóvil es: “No, gracias.”

 

El desempleo es una de las circunstancias que mayor angustia puede causar en una persona. Es uno de los generadores de estrés más importantes que alguien puede experimentar. Esta angustia, este estado de ansiedad, sobretodo cuando es continuado, cuando se prolonga por largos periodos como en las permanentes crisis del país, provoca el sentirse impotente, inútil, incapaz, improductivo y puede llevar al individuo a la desesperación. Cuando no se puede cumplir con los compromisos económicos propios y de la familia a la que se pertenece o de la que se ha procreado, es motivo suficiente para destrozar la seguridad y la estima personal de cualquiera. Sin éstas, nada más importante hay que perder, porque ya todo está perdido. No solamente la salud física está en juego, la mental también. Insertados en la desorganización, el descontrol y la falta de estabilidad emocional, esto es, habiendo quebranto de la salud mental, ¿por qué puede extrañarnos que alguien robe, asalte, agreda, cometa fraude o intente quitarse la vida?

 

Lo que la sociedad no observa, es la responsabilidad que en todo ello tiene. Y la sociedad no es un ente abstracto que pulula por ahí. La sociedad está formada por Usted, por mí, por todos los que vivimos y convivimos en esta ciudad. La sociedad somos nosotros, seres individuales, corresponsables de lo que nos sucede.

 

Ha resultado mucho más viable lanzar juicios, hacer críticas o hasta lamentar la suerte de alguien, que involucrarse con sus necesidades. Que ser solidario y comprometerse en una ayuda verdadera para intentar rescatar a esa persona cercana, de las garras de la desesperanza, de la angustia y del dolor que provoca el fracaso, la impotencia y la injusticia social.

 

Ha sido cómodo pensar que mucha gente que comete actos desesperados de prostitución, corrupción o ilegales, cuando la situación económica es desfavorable, se dejó ir por el camino “fácil”.

Por el contrario, me parece que antes de un acto ilegal o de locura, el camino que se tuvo que haber recorrido es uno largo, quizás demasiado. Un camino pesaroso, lleno de esfuerzos, de intentos, de luchas, a veces de ingenio creativo y hasta de humildad. Créame, se necesita valor para reconocerse desvalido y rendimiento para pedir ayuda. Implica un enorme esfuerzo de madurez que muchas veces desfallece ante la asfixia de la indiferencia ajena.

 

–¿Es usted católica?”– me preguntó el otro día un hombre adulto acercándose a la ventanilla de mi automóvil. Tardé un poco en recuperarme del impacto de su pregunta y con mi temor manifiesto apenas si se escuchó un “Sí”. –Mire–, me dijo, –lo que pasa es que yo no he logrado tener un trabajo dentro de una empresa y por lo tanto carezco de prestaciones. Por eso, estoy vendiendo estas medallitas de estaño–. Sobre la palma de su mano extendió más de 12 modelos diferentes. Me dio con paciencia el nombre de todos y cada uno de los santos y vírgenes que dentro ellas se habían grabado y me instó a que le comprara alguna. –Sólo cuestan $20.– pesos–, dijo.

 

Mientras pagaba, me quedé pensando cuántas medallitas debería vender al día, para que, al descontarle los costos, le quedara una suma razonable para proveer de un ingreso extra a su familia.

 

Hemos dejado de vernos los unos a los otros. Hemos renunciado a hacer propias las necesidades de los demás. Estamos demasiado inseguros de nuestra preocupante situación y de nuestra suerte, o tal vez, desmedidamente vanagloriados de encontrarnos en una totalmente diferente, como para abrir un poco los brazos y acoger dentro de ellos las penurias y carencias de quienes nos rodean, aún de los más cercanos.

 

Queremos mucho a nuestros amigos o a nuestros familiares, decimos, pero pocas veces los apoyamos con algo más que con algunas palabras de consuelo o, por desgracia, en ocasiones, de lástima. En el fondo nos consolamos pensando que al cabo en México, nadie muere de hambre.

 

Dentro de mi grupo de conocidos he visto gente intentando vender adornos de madera, camisetas térmicas, boletos de sorteos, comidas para fiestas, joyería de plata, talleres de desarrollo personal, clases de meditación o de baile, productos de limpieza, cosméticos, vitaminas, complementos nutricionales y hasta con poderes curativos.

 

He escuchado a muchos compartir sus proyectos de negocio, contar con entusiasmo sobre sus intentos para tratar de romper con la mala racha de su desventura. Los he oído externar también acerca de los obstáculos a los que se han enfrentado, sus penurias, sus fracasos, pero además, evidenciar los esfuerzos y las ilusiones que invirtieron, adicionales a sus últimos ahorros, para crear en un renovado aliento de esperanza, alguna posible fuente de ingresos, que pudiera proveerles no riquezas ni lujos, sino al menos, una cierta entrada económica que colabore para cubrir los gastos más esenciales de sus familias.

 

Pero también he visto que nadie compra nada o casi nada de lo que le proponen. Si acaso una vez y para salir del paso. He observado miradas esquivas, escurridizas y escuchado argumentos simplones o insensibles, con los que rechazan la posibilidad de apuntalar materialmente a quienes les propusieron una oferta. En la mayoría de los casos, la respuesta más contundente que se obtiene, la da el silencio.

 

–¿Cómo te ayudo?–, preguntan cuando ven a su amigo con los ojos arrasados en lágrimas. Totalmente inconscientes de las docenas de veces que han dejado pasar oportunidades de brindarle auxilio.

 

Es cierto, no hay compromiso alguno. Nadie tiene la obligación de adquirir un producto o un servicio que no necesita o que no le despierta el menor interés. Nadie tendría por qué invertir o gastar su dinero en un intento por colaborar a cubrir las necesidades de otros, de los ajenos.  Ni buscarle alguna alternativa laboral o económica a los que lo rodean. Nadie tendría por qué usar sus influencias, ni sus relaciones, para pedir favores ajenos. Nadie puede obligarnos a dar lo que no queremos. Lamentablemente, hemos aprendido a decir casi sin pensarlo que “no podemos”, que ya ”hicimos lo posible”, lo que está en “nuestras manos”, logrando acallar nuestra consciencia con justificaciones quizá demasiado presurosas o débiles.

 

Tal vez sea precisamente ese el mayor problema al que nos enfrentamos como sociedad y como humanos. Se ha ido desvaneciendo nuestra responsabilidad civil, nuestra consciencia moral responsable se esfuma o desdibuja ante el individualismo, el activismo y el egoísmo. O quizá, sencillamente, –si es que esto no resulta un pretexto más–, podría decirse que la vida no está resultando hacedera para nadie.

 

Este es un tema que amerita mayor reflexión.

grios@assesor.com.mx

 

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