HACIA OTROS MUNDOS




“Lo mío es el cine. De grande iré a Inglaterra para convertirme en cineasta” dijo Julián de 8 años cuando uno de sus compañeritos señaló que se iría a estudiar a Alemania en su adolescencia. Daniela, su gemela, agregó: “Pues yo todavía no decido si me iré a Inglaterra o París, pero de qué me voy, me voy.”

Lo que parecería una conversación trivial entre niños no lo es tanto, si reflexionamos todo lo que implica.

Aunque a los pequeños se les inculque amor por su patria, su nivel de conciencia actual impide poder ocultarles la realidad cuando observan cómo en México se permiten o toleran situaciones en contra de la seguridad personal, del país o del planeta. Hablar de corrupción, impunidad, contaminación, injusticia social, es inevitable cuando ven que un Volkswagen lleva amarrado en el techo un colchón para transportarlo de un lado a otro; cuando del camión de basura cuelgan personas en su parte posterior; cuando niños piden limosna; cuando se hurga en los basureros para poder comer; cuando un policía de tránsito detiene por un “delito” no cometido y encima pide mordida, etcétera.

Por otro lado, pensar que esta conversación solo es posible en niños con ciertos privilegios económicos, es falso. Las criaturas con recursos limitados con frecuencia planean también cómo irse a conquistar sus sueños lejos de aquí.

¿Será la globalización que empieza a permearse en las mentes de nuestros infantes? O tal vez, los pobladores estén cada día menos dispuestos a sufrir las desventajas de vivir en un país cuyos gobernantes, del partido que sean, en lugar de fomentar el crecimiento, implementan medidas económicas y políticas que impiden que la gente prospere y obtenga una mejor calidad de vida.

La proporción de migrantes internacionales ha permanecido a un nivel relativamente bajo. No obstante, la migración neta constituye una creciente proporción del crecimiento demográfico en las regiones desarrolladas, representando en el lapso 2000-2005, las tres cuartas partes (Naciones Unidas 2006b). Simplemente, la población de origen mexicano en Estados Unidos se incrementó tres veces entre 1980 y 2003, de 9 millones a 26.7 millones (CIMAC).

Actualmente, la cantidad de personas que viven fuera de su país natal –más de 200 millones- es mayor que en cualquier otro momento de la historia. Si los migrantes internacionales residieran todos en un mismo lugar, equivaldrían a un país que ocuparía el quinto lugar entre los más populosos del mundo, después de China, India, Estados Unidos e Indonesia (Trends in Total Migrant Stock: 1960-2000/2003)

Sin embargo, los flujos masivos apenas empiezan y sus consecuencias no se han previsto en toda su magnitud.

La dinámica económica y social que la migración representará, transformará la manera de vivir en el mundo. Vendrá, quizá demasiado pronto, una forma distinta de crear y criar familias, de establecer lazos de afecto, de hacer negocios, de construir instituciones sociales, de pertenecer a los países y solidarizarse con el desarrollo de éstos.

Evolucionará la forma de habitar ciudades, casas y corazones. La temporalidad y el nomadismo harán de la vida un perenne viaje sin raíces profundas que llevará a los habitantes de persona en persona, de trabajo en trabajo y de país en país. Seres multifamiliares, multiempresariales, multiculturales. Cambios constantes, quizá radicarles, serán las huellas más importantes que marcarán la historia de vida de los habitantes del planeta.

La separación que los hijos hacían de sus padres al independizarse, en una etapa del ciclo de vida natural, se modificará por un “abandono” de todos hacia todos y en cualquier instante de la existencia. Padres en un país, amigos en otros, recuerdos de un pasado regados por todos los rincones del planeta.

El precio es la distancia, el alejamiento, la construcción de nuevas relaciones virtuales con aquellos que se aman; precio que hoy se paga con resignación con tal de verlos crecer personal y profesionalmente y de que obtengan un mejor desarrollo, sobretodo, económico. Pero lo que ahora es excepcional con algún miembro de la familia, podría convertirse en el pan de cada día y en el desmembramiento de la unidad social.

Indudablemente, la soledad acechará de una manera particular en la vejez a las siguientes generaciones.

grios@assesor.com.mx

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