SUPERTRABAJADORES

September 6, 2017

 

 

Vanagloriándonos de haber desarrollado multihabilidades. Sintiéndonos importantes por cargar enormes responsabilidades. Orgullosos de un activismo constante. Gozosos de estar permanentemente saturados, de poder absorber más funciones y retos. Ambicionando más puestos y logros por alcanzar. Dichosos de sentirnos indispensables para nuestra empresa o clientes.

Así nos hemos estado sintiendo y comportando los profesionistas en las últimas décadas. Satisfechos de haber logrado lo que se requiere para vivir una existencia de pésima calidad y de encontrarnos en un proceso hacia la alienación y la deshumanización personal. 

 

Basta leer la presentación curricular de las mayorías. En éstas además de las ofertas tradicionales como las de ser “responsable, honesto, trabajador, con capacidad para aprender rápidamente”, pueden verse otras que hablan de la posesión de destrezas sobrenaturales, tales como:  habilidad para realizar varias actividades simultáneamente; capacidad para trabajar eficientemente bajo altos niveles de presión; ecuanimidad ante el estrés; dominio para desempeñar exitosamente puestos de alta responsabilidad; flexibilidad absoluta en horarios; disponibilidad incondicional para viajar, para cambiar de residencia  y más todavía.

 

Por supuesto las empresas ante esto se muestran felices, radiantes, complacidas.

 

Cada vez que los gerentes elaboran un perfil de puesto terminan riéndose de la cantidad, muchas veces utópica, de requisitos solicitados para quién pudiera ocupar una vacante. Además de los conocimientos y experiencias necesarias para desempeñar una posición adecuadamente, se enlista un enorme volumen de exigencias que más tienen que ver con el perfil de la empresa que con el del puesto.

 

Así se pide que tengan entre otras: Disponibilidad absoluta los 365 días y noches del año. Ser proactivo y con altos estándares de calidad, de tal forma que ahorren a sus jefes la incómoda tarea de pronunciar órdenes que en voz alta se escuchan fuera de proporción y juicio. Altos niveles de iniciativa y empuje, para que el empleado genere su gama propia de actividades heroicas. Capacidad para hacer que la gente actúe, claro, hacia la consecución de las metas de la empresa, aún a costa del sacrificio de las personales. Intensivo y perseverante trabajador orientado a logros y resultados, lo que significa que si no consigue lo que la empresa pretende, el esfuerzo, aún pudiendo haber sido descomunal, no servirá ni siquiera como reconocimiento.

 

Por supuesto como prestaciones las empresas ofrecen a sus empleados cosas tales como: cubrir gastos de gasolina y mantenimiento de su automóvil, pues así será más fácil disponer de éste a conveniencia, incluido por supuesto el chofer del mismo. Les darán también un celular para mantenerlos localizables a cualquier hora del día. Les brindará cursos de capacitación para que puedan hacer más y mejores tareas.

 

No pueden faltar los gastos de viaje y viáticos que por muy considerables que sean, no cubren nunca las horas que les roban a sus seres queridos, ni las invertidas en esas desmañanadas o desveladas para abordar aviones a deshoras con tal de ahorrarle a la compañía una noche extra de hotel y servicios. Tampoco cubren los gastos que implican los regalitos para lavar culpas de ausencia o para medicinas por imprevistos, propinas, taxis y pequeños gastos sin comprobantes, que ya en frecuencia y volumen hacen un monto excesivo. O aquellos que se derivan de la segunda familia que se gesta cuando se pasa más tiempo en otro país o ciudad, que con la que aquí se comprometió originalmente a desarrollar un plan de vida. Plan imposible de cumplir cuando el lazo más fuerte es el de servir a una empresa y no al propósito real de la existencia.

 

Seguro de gastos médicos mayores recibirán también, porque probablemente tendrán que usarlo para intentar resolver problemas derivados de la fatiga crónica o del estrés, como lo son los gastrointestinales y los cardiovasculares.

 

Lástima que a la salud mental no se le dé aún la misma importancia y los seguros no cubran los honorarios de los psicoterapeutas. Sin duda este ritmo de vida produce una gran cantidad de alteraciones emocionales, problemas psicosomáticos, de depresión, insomnio, irritabilidad, malhumor, aislamiento social y ni qué hablar de problemas de autoestima, pensamientos suicidas, separaciones y pésimas relaciones familiares.

 

No me interesa señalar a las empresas como monstruos que explotan a sus empleados aún y cuando en muchos casos esto sea cierto. Algunas de suma importancia gozan ya de la fama de desintegrar familias y divorciar parejas, por el estilo de vida que propician en sus ejecutivos y empleados. Pero hasta los dueños caen en esta veneración excesiva hacia el trabajo. Ellos mismos hipotecan sus vidas y las de sus familiares.

 

Y si esto es difícil para cualquiera, para una mujer la situación se agrava dramáticamente.

 

“Me esforzaré el doble” prometió la primer Procuradora de Justicia del estado, como si el esfuerzo que implica ese cargo “per se” fuera algo sencillo.

 

No importa si su desempeño es como empleada o como empresaria, las mujeres además de asumir lo anterior, tienen que demostrar cosas que los hombres ni siquiera se ocupan de ello. El varón da por hecho que sus capacidades son las que lo han puesto en una circunstancia triunfante. Qué todos oirán con atención lo que tenga que decir y que su actuación será digna de ser admirada. A la mujer en cambio se le hace sentir que tiene que demostrar que no se cometió un error al designarla en un cargo, aun y cuando éste no sea de suma importancia, peor aún si lo es. Además, se concentrará en ella la atención de muchos que estarán prontos a señalarle todo aquello que consideren una falta o una actuación non grata. Le darán su opinión y sus consejos, convirtiéndose éstos en expectativas que esperan que ella satisfaga. Pobre donde no lo haga.

 

Al llegar a su hogar no estarán los recibos de los servicios pagados, ni tendrá la comida lista, ni la ropa limpia o la casa ordenada; no encontrará a los niños cuidados, cenados o bañados, a menos que haya decidido contratar personal que lo haga.

 

Esta adicción al trabajo es un problema común en toda la República Mexicana, pero Monterrey sufre más este síndrome en su intento por glorificar la imagen nacional de ciudad pionera, capital industrial habitada por trabajadores tenaces e incansables.

 

Tampoco quiero implicar que ser activo, persistente, ambicioso y comprometido con la realización de un trabajo eficiente y responsable no es algo deseable.

 

Lo que intento destacar es la cantidad de preceptos que se siguen sin reflexión y mesura de nuestra parte. Metas que quizá ni eran nuestras, que oímos anhelar tanto a nuestros padres o abuelos que terminamos por adoptarlas. O que si lo eran, no reparamos las veces suficientes como para evaluar si vale la pena transcurrir la existencia, bajo la pésima calidad de vida a la que nos arrastran.

grios@assesor.com.mx

 

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